Challenge4aCause 2009


El desafío inaugural en Damaraland en 2009


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En nuestro desafío inaugural en 2009, 17 de nosotros recorrimos en bicicleta más de 330 kilómetros del desierto de Damaraland en Namibia.
 
Después de una aventura épica en lo más remoto de Namibia, los 17 ciclistas volvimos a casa magullados pero con una gran sonrisa. Lo que parecía imposible, una carrera ciclista de 330 km por el desierto de Damaraland, se hizo realidad después de siete días de gran esfuerzo y recuerdos inolvidables.

Mediante este desafío épico pudimos recaudar unos 300 000 ZAR para Save the Rhino Trust, una organización dedicada a proteger al amenazado rinoceronte negro adaptado a las duras condiciones del desierto, así como a las comunidades locales de esta parte del mundo.

¡Vinimos, vimos, pedaleamos!


Las palabras para describir nuestra experiencia se quedan cortas. Fueron siete días de dolor físico en los que pedaleamos sobre rocas, serpenteamos entre la arena y nos maravillamos ante los vastos paisajes y el desolado desierto de Damaraland. Cada día supuso un desafío inmenso, pero los 17 participantes asumimos el reto, nos esforzamos al máximo y nunca nos rendimos. Acampar cada noche bajo las estrellas fue un lujo y tener el privilegio de ver la vida salvaje adaptada al desierto en un lugar tan remoto del planeta fue sencillamente increíble.

El desierto de Damaraland es uno de los lugares más remotos y hostiles de la Tierra y tuvimos que atravesarlo en bicicleta durante más de 300 km. Tuvimos que hacer frente a pistas de tierra llenas de rocas, barrancos arenosos, cuestas empedradas y temperaturas abrasadoras.

El diario

17 almas valientes (o mejor dicho, insensatas) iban a arriesgar sus cuerpos para recaudar fondos para la protección del amenazado rinoceronte negro adaptado a las condiciones extremas del desierto en Damaraland. Esta disparatada cruzada se formó a través de Challenge4aCause, el proyecto de responsabilidad social fundado por Rhino Africa, uno de los principales operadores turísticos del continente. El desafío se diseñó para recaudar fondos para Save The Rhino Trust, una organización dedicada a la lucha contra la caza furtiva y a la protección de las especies de rinocerontes de esta parte del mundo.

Después de la subasta, la recaudación de fondos y un entrenamiento mínimo, nos pusimos en marcha. Tras un vuelo corto desde Ciudad del Cabo hasta Windhoek y un traslado de siete horas por carretera, los 17 nerviosos ciclistas llegamos al Palmwag Rhino Camp. Namibia es uno de los lugares más remotos que existen y, con tan solo 1,8 millones de habitantes, es el segundo país con menor densidad de población del mundo, después de Mongolia. El desierto de Damaraland se encuentra en la parte noroeste del país, en la remota región de Kunene. Está tan apartado de todo que, a su lado, Tombuctú puede parecer un centro turístico.

La razón por la que decidimos recorrer en bicicleta este paisaje es algo que todavía me desconcierta. ¿No habría sido mejor idea rastrear rinocerontes en la sabana sin prisa y tomar un cóctel frío junto a la piscina? Ya era demasiado tarde.

Durante el día 1 hicimos un recorrido de aclimatación pero para la mayoría de nosotros fue como participar en un Iron Man. Pensábamos que ir en bicicleta fuera de carretera significaba simplemente ir por una pista de tierra en lugar de esquivar cantos rodados, brincar por las rocas y hacer slalom por la suave arena. Después de una ruta circular de 50 km, llegamos al campamento y caímos rendidos, exhaustos, deshidratados y bastante preocupados por los siguientes seis días. Fue una llamada de atención masiva, y eso que todavía no habíamos recorrido prácticamente nada.

El día 2 fue un verdadero infierno. No hay otro modo de describirlo, ni siquiera los más nostálgicos pueden hacerlo. La carretera de grava y la pista de tierra del principio nos subieron el ánimo... hasta que llegamos a las rocas. Antes de este viaje, habría argumentado que era imposible recorrer en bicicleta un terreno así, por ser malo para el cuerpo y para la bicicleta, y habría dicho que solo los más locos podrían atravesarlo. Pero ahora los locos éramos nosotros y pasamos los últimos 12 km hasta el campamento dando saltos sobre un empedrado infinito y sufriendo bajo temperaturas de 40°C. Mi trasero y mis manos nunca me perdonarán el rato que les hice pasar hasta que llegamos al Wereldsend Camp. Realmente parecía que estábamos en el fin del mundo, y lo sabíamos.

Tras otro madrugón a las 04:30 y un poco de avena para darnos fuerzas, dimos comienzo a la ruta del día 3. Nos pesaban las piernas pero llevábamos buen ritmo y, casi sin darnos cuenta, ya habíamos recorrido 40 km. Y entonces cometimos el grave error de creer que podíamos conquistar este desierto. Nos hizo frente con una vasta franja de arena que ninguno de nosotros pudo atravesar montado en la bicicleta. Maldiciendo y con gran fastidio, tuvimos que bajarnos de las bicis y tirar de ellas para hacerlas avanzar por la arena en la que se hundían, y llegamos al Overhang Cliffs sin esbozar ni media sonrisa. El último tramo nos había dejado hechos polvo, pero tras una ducha con el cubo, una siesta reparadora y unas cuantas cervezas frías nos volvimos a sentir en paz con el mundo mientras la luna llena se alzaba por detrás de las lejanas montañas e iluminaba el desierto.

El día 4 debería haber sido un día de descanso, pero para nuestro guía Patrick la palabra “descanso” implicaba recorrer 30 km en bicicleta, atravesar un río y una zona de arena nada desdeñable. Después del día 2, fue como dar un paseo y a estas alturas ya dominábamos esto de la bicicleta. El día 5 nos pusimos en marcha acompañados del viento del este, atravesamos el llamado “valle de la desolación” y recorrimos 40 km antes de aparcar las bicis detrás de una roca y dirigirnos al Ugab Camp de Save the Rhino.

El día 6, los dioses de la climatología nos dieron un respiro y el viento amainó, por lo que pudimos atravesar el desierto a toda velocidad. Pasamos por el cráter de Doros, cerca de la famosa cordillera Brandberg (“montaña quemada” ) y nos quedamos atascados en varios lechos de ríos. Una manada de jirafas se cruzó en nuestro camino, una serpiente se deslizó junto a nosotros y un camaleón incluso posó para las fotos. Llegamos al campamento situado en el lecho seco del río Guantagab y nos preparamos para un último esfuerzo. Finalmente, el día 7, recogimos el campamento por última vez y emprendimos la marcha. El final estaba cerca y, tras una larga sesión de fotos en ruta, llegamos al Doro Nawas Camp después de haber recorrido 330 km a través del desierto solo con la ayuda de nuestras bicis y nuestros pies. Una ducha caliente y una cama de verdad fueron una justa recompensa.

Para nosotros era la tierra prometida y un punto al que pensé que no llegaríamos nunca sin la intervención divina. Exhaustos, fatigados, magullados y hechos polvo, aunque con una sonrisa de oreja a oreja, los 17 participantes bajamos con cuidado de nuestras bicicletas y celebramos un logro que recordaremos durante mucho tiempo.

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